La noche de las desgracias
*Por Artigas Osores
Las lluvias de marzo habían vuelto a inundar los caminos y los campos bajos junto del río, donde antes los gitanos acampaban para celebrar con sus ritos tradicionales el equinoccio de otoño.
La lluvia ya había cesado cuando la caravana de carretas de las familias gitanas ingresó al pueblo al fin de la tarde. Dieron algunas vueltas por las calles estrechas donde el lodo marrón y espeso, dificultaba el giro normal de las ruedas. Luego ingresaron por unas de las calles de la periferia que es la que separa las casas de material de los ranchos de adobo, barro y paja.
No demoraron mucho en encontrar el amplio terreno baldío en el que habían acampado el año pasado.
Rápidamente y sin perder tiempo, ubicaron sus carpas con las aberturas de frente al este, para que los primeros rayos del sol bendijeran con su luz de esperanza el amanecer de sus días.
Un par de horas después una inmensa hoguera iluminaba el campamento y las siluetas de los niños jugando al su alrededor se reflejaban en el brillo de las lonas gruesas y enceradas, mientras las palmas de las manos de los adultos acompañaban las cuerdas de las guitarras donde sonaban llantos lejanos de la antigua Andalucía.
Por la media mañana del día siguiente y cerca del mediodía, tres grupo divididos en cinco o seis gitanas recorrían las calles del pueblo, unas vendiendo platos y palanganas de latón, otras vendiendo ollas y sartenes de cobre y un tercer grupo de gitanas más viejas se encargaban de acompañar y proteger a Rosalía la hermosa joven con la fisonomía triste, que se iniciaba en el arte de leer las manos y descubrir en sus líneas el pasado para luego predecir el futuro.
Al enterarse de la presencia de los gitanos en el pueblo, apoyado en una gruesa rama de higuera que utilizaba como apoyo, Edgardo un viejo ciego rencoroso se presentó por la noche frente al campamento y comenzó a emitir gritos cargados de blasfemias, maldiciones e injurias, manifestando y exigiendo que levantaran inmediatamente el campamento y se retiraran lo más pronto posible del pueblo.
Un pequeño grupo de curiosos vecinos a su alrededor sonreían y se animaban pero en voces no tan altas a pedir también que se fueran, recordando que el año pasado solo habían traído desgracia para el pueblo. Culpándolos por los eventos meteorológicos que les hicieron perder las plantaciones, además de los innúmeros animales muertos que arrasaron con las economías de los pequeños agricultores.
La brisa fresca danzaba con las llamas de la fogatas en la noche silenciosa, mientras las familias gitanas con los semblantes serios parecían estar discutiendo en voz baja sin ponerse de acuerdo.
A medida que pasaban los minutos, más vecinos curiosos se acercaban al campamento para escuchar al viejo ciego que en voz alta exigía que se marcharan y aguardar la decisión de los gitanos, que de irse esa misma noche o más tardar al amanecer del día siguiente, sería tomado como una victoria colectiva de un pueblo organizado.
De pronto una leve lluvia comenzó a caer sobre las personas que acompañaban al ciego y una potente luz blanca que parecía haber caído del cielo, iluminó por breves segundos el amplio baldío.
Con la boca semiabierta y sin salir aun de su asombro los curiosos notaron que la garua fina que caía sobre sus cabezas no los mojaba.
Una joven y bella gitana cubierta con un vestido blanco y de pies descalzos se acercó lentamente abriéndose camino entre la muchedumbre de curiosos, detrás de ella las familias de gitanos la seguían en silencio con velas encendidas.
Luego de realizar en silencio ademanes extraños y proferir en voz alta palabras incomprensibles frente del anciano que no tenía brillo en sus pupilas, alzó sus brazos y su mirada al oscuro cielo sin estrellas, se dejó caer de rodillas al suelo y de sus pupilas se vieron salir lágrimas verdes que corrían por sus mejillas hasta teñir su vestido blanco.
Los que hoy son ancianos, confirman haber estado esa noche en el campamento gitano, al igual que los descendientes de aquellos que ya no están entre nosotros, afirman que sin mover sus labios, la gitana les comentó que lo qué pasó el año pasado, fue tan solo culpa de los cielos y el destino.
Esa noche cuando el temporal arrasó con las plantaciones y los pequeños agricultores perdieron gran parte de sus animales y sus economías, esa misma noche una joven gitana abortó un hijo que nació antes de tiempo.
Luego le entregó al ciego un pequeño espejo con bordes dorados qué repartió también entre los presentes, espejos que tenían el poder de reflejar y expulsar los sentimientos de odio de sus almas.
Durante los seis años seguidos los gitanos volvieron al pueblo para celebrar con sus ritos la llegada de los solsticios y equinoccios, y luego de completarse los siete años de las desgracias de aquella noche en el pueblo, los gitanos nunca más regresaron.
En el amplio baldío que está en la periferia del pueblo sin que nadie los plante, germinan y florecen todos los años enormes girasoles donde la leyenda dice que está enterrada la hija de Rosalía, la niña gitana que nació antes de tiempo.
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